domingo, 6 de octubre de 2013

Llovía.

En pleno agosto, cerca de un pueblo gallego, llovía. Lucía se disponía a salir de casa. Le dio dos besos a su madre y se despidió de su padre, que la miraba por encima de las gafas. Quería preguntarla a dónde iba, pero ya conocía la respuesta.

Todas las tardes de lluvia, Lucía paseaba por el pueblo, y cuando llegaba al final de su recorrido, se paraba. Se aseguraba de que no pasara nadie por allí, y se quitaba la ropa. Así hasta encontrarse totalmente desnuda. Con vergüenza pero con entusiasmo, corría ladera abajo, en dirección al río. Reía mientras el agua de lluvia mojaba su pálido rostro. Su sonrisa se había congelado por el frío, o eso creía yo. Pero cuando me vio, tan cerca pero a la vez tan lejos, aquella hermosa sonrisa la abandonó.

Había lágrimas de sufrimiento en sus ojos. Pero sostuve la mirada. Yo no era un cobarde.

Mi piel estaba seca, al igual que mis ropas. Aunque olía a humedad, no estaba mojado, aunque mi corazón lloraba. Quisiera haberla dicho todo lo que la quería, pero ella me abandonó antes de hacerlo. Dijo que debía irse a estudiar a la ciudad, hacía ya cinco años. Ojalá hubiera podido parar el tren que la llevaría a la capital minutos más tarde. Ojalá me hubiera ido con ella, si tuviera dinero, claro. Ojalá ella hubiera sido feliz con otra persona. Ojalá me hubiera olvidado.

Pero una vez a la semana, recibía una carta suya, en la cuál trataba de demostrarme que estaba bien, aunque me echara de menos. Hice bien en no creerla, pues a los tres años, llegaron desde Madrid rumores de boda. Una boda que jamás se celebró. Nunca supe los motivos, pero cuando volvió al pueblo, todo parecía haber cambiado en ella.

Sus ojos no me miraban con aquella dulzura de antaño. En la capital hacía mucho frío y apenas lucía el sol, así que estaba blanca como las nubes que solían cernirse sobre nuestro pueblo. Su sonrisa, aunque seguía siendo hermosa, no era igual que hace cinco años, antes de saber de sus futuros estudios en Madrid. Yo echaba de menos a la antigua Lucía, aquella que solía abrazarme al verme, y no a esa chica que estaba tan solo a unos pasos de mí, mirándome con una profunda tristeza.

Los dos sabíamos que aquel era el final. Yo continúe con mi labor, la pesca. Y ella, ruborizada, tapó sus partes íntimas como pudo, mientras subía de nuevo la ladera, en busca de sus mojadas ropas.

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