A través de la ventana se podía ver como el sol se escondía tras los edificios. Eran ya las ocho de la tarde, faltaba poco para que anocheciera. Y Lucía todavía esperaba en el alféizar de la ventana, no quería darse por vencida.
Desde la ventana podía ver a la gente de su ciudad, tan atareada y preocupada. Ella se tomaba la vida con tranquilidad, así que no comprendía el por qué de esos constantes nervios. Había mujeres que llevaban a sus hijos en brazos, porque no tenían dinero para comprarles un carrito. Hombres con los pantalones rotos y la camiseta sucia. Ancianos que tosían debido a la contaminación del aire. En sus pueblos el aire era puro y fresco, al contrario que en la ciudad, donde la polución era el principal problema. También había niños, muchos niños. Unos altos, otros bajos. Gordos, delgados. No tenían problemas en su vida, eran completamente felices y no les importaba el dinero, sólo cuando querían comprar chucherías.
Pero por más que miraba entre la gente, Lucía no veía a su amado, y no sabría si llegaría algún día.
Unos cuantos días siguientes, recibió una triste noticia.
Al día siguiente, en el alféizar de la ventana, se encontraron a una muchacha joven, con la mirada perdida, los ojos casi en blanco. No respiraba, y en su cuello colgaba un collar con una inscripción: Lucía.
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