miércoles, 16 de octubre de 2013

Mientras llovía.

Sólo recuerdo que aquella noche llovía.

Mojadas mis ropas estaban
mientras mi cuerpo descendía
por aquella ligera cuesta.
Mientras llovía.

Mi rostro triste y pálido
no mostraba cortesía
más tan desorientada me encontraba
que hasta en mí misma me perdía. 

No quería hacerse ver
la dulce y redonda luna
donde desde entonces vivían
una a una, y tristemente,
cada una de mis alegrías.

Las fauces de un salvaje lobo.

Apagada, triste y sola
en un charco de recuerdos
así vivía la rosa.

Una fría noche de invierno
cayó a un mojado pozo
donde no encontró más alivio
que en la tranquilidad de tu torso.

Pero siguió cayendo
y no halló más ahogo
que en la dura profundidad
de ese oscuro hoyo.

Y cuando creyó tocar el suelo
las fauces de un salvaje lobo
se abrieron entreviendo
rugidos de amor y odio.

viernes, 11 de octubre de 2013

Rosa.

Se salvó aquella triste alma rota
cuando descubrió que entre tus brazos
y bajo la sombra de tu regazo
veía más que una marchita rosa.

miércoles, 9 de octubre de 2013

La vida.

Cual cascada se deslizó mi lamento    
siendo todo el conjunto de mis penas     
un río de dolor que aun siendo río vuela     
y provoca llorando este tormento.     

Quisiera ir mi voz en contra del viento     
provocándole lucha, batalla y guerra     
que aunque amarga, triste y sola pueda     
hacer quebrar de un sólo golpe al hielo.     

Pero no mostraré yo más mi voto     
al que quiera arrebatar la vida     
bebiéndosela de un sólo sorbo.     

Pues es ésta una madre tan estricta     
que donde encontrase un simple roto     
hallase el dulce sonido de una lira.     

Un rato se levanta mi esperanza, GARCILASO DE LA VEGA.

Un rato se levanta mi esperanza:
mas, cansada de haberse levantado,
torna a caer, que deja, mal mi grado,
libre el lugar a la desconfianza.

¿Quién sufrirá tan áspera mudanza
del bien al mal? ¡Oh corazón cansado!
Esfuerza en la miseria de tu estado;
que tras fortuna suele haber bonanza.

Yo mesmo emprenderé a fuerza de brazos
romper un monte, que otro no rompiera,
de mil inconvenientes muy espeso.

Muerte, prisión no pueden, ni embarazos,
quitarme de ir a veros, como quiera,
desnudo espirtu o hombre en carne y hueso.

domingo, 6 de octubre de 2013

Llovía.

En pleno agosto, cerca de un pueblo gallego, llovía. Lucía se disponía a salir de casa. Le dio dos besos a su madre y se despidió de su padre, que la miraba por encima de las gafas. Quería preguntarla a dónde iba, pero ya conocía la respuesta.

Todas las tardes de lluvia, Lucía paseaba por el pueblo, y cuando llegaba al final de su recorrido, se paraba. Se aseguraba de que no pasara nadie por allí, y se quitaba la ropa. Así hasta encontrarse totalmente desnuda. Con vergüenza pero con entusiasmo, corría ladera abajo, en dirección al río. Reía mientras el agua de lluvia mojaba su pálido rostro. Su sonrisa se había congelado por el frío, o eso creía yo. Pero cuando me vio, tan cerca pero a la vez tan lejos, aquella hermosa sonrisa la abandonó.

Había lágrimas de sufrimiento en sus ojos. Pero sostuve la mirada. Yo no era un cobarde.

Mi piel estaba seca, al igual que mis ropas. Aunque olía a humedad, no estaba mojado, aunque mi corazón lloraba. Quisiera haberla dicho todo lo que la quería, pero ella me abandonó antes de hacerlo. Dijo que debía irse a estudiar a la ciudad, hacía ya cinco años. Ojalá hubiera podido parar el tren que la llevaría a la capital minutos más tarde. Ojalá me hubiera ido con ella, si tuviera dinero, claro. Ojalá ella hubiera sido feliz con otra persona. Ojalá me hubiera olvidado.

Pero una vez a la semana, recibía una carta suya, en la cuál trataba de demostrarme que estaba bien, aunque me echara de menos. Hice bien en no creerla, pues a los tres años, llegaron desde Madrid rumores de boda. Una boda que jamás se celebró. Nunca supe los motivos, pero cuando volvió al pueblo, todo parecía haber cambiado en ella.

Sus ojos no me miraban con aquella dulzura de antaño. En la capital hacía mucho frío y apenas lucía el sol, así que estaba blanca como las nubes que solían cernirse sobre nuestro pueblo. Su sonrisa, aunque seguía siendo hermosa, no era igual que hace cinco años, antes de saber de sus futuros estudios en Madrid. Yo echaba de menos a la antigua Lucía, aquella que solía abrazarme al verme, y no a esa chica que estaba tan solo a unos pasos de mí, mirándome con una profunda tristeza.

Los dos sabíamos que aquel era el final. Yo continúe con mi labor, la pesca. Y ella, ruborizada, tapó sus partes íntimas como pudo, mientras subía de nuevo la ladera, en busca de sus mojadas ropas.

Mi perdida alegría.

Todo ocurrió aquella noche. Una oscura nube tapaba la luna, cuyo brillo se desvanecía por momentos. Al igual que mi alegría .

Iba caminando por una estrecha calle completamente a oscuras. A mi alrededor, decenas de vagabundos gemían y suspiraban su último adiós. No pude evitar sentir pena por ellos, aunque a mí el dinero no me hacía feliz. Preferiría morir de hambre que de tristeza. ¡Cuántas noches me había quedado dormido en el salón de mi mansión por los efectos del alcohol! Cuando despertaba, veía dos o tres botellas hechas añicos a ambos lados del sillón. Sólo la bebida me amaba. Mis familiares, a kilómetros de mí, me llamaban por Navidad, y en ocasiones y si se acordaban, el día de mi cumpleaños.

Normal que quisiera deshacerme de mi vida, tan amarga y solitaria. ¡Ojalá alguno de aquellos mendigos me hubiera atracado o hubiera cortado mis venas de un cuchillazo! Habría sido tan fuerte la sensación de la adrenalina en mi sangre, que en aquella oscura noche, un grito de euforia habría hecho huir a esa oscura nube que tapaba la luna, haciendo resurgir mi perdida alegría.

sábado, 5 de octubre de 2013

Descripción de una madre.

Con esos ojos castaños
tan bonitos me guías.

Con esa sonrisa
tan sincera me guías.

Con esa piel
tan suave me guías.

Con esos abrazos
tan grandes me guías.

Oh, me guías.
Me guías con tus penas,
tus enfados
o tus alegrías.
Me guías con tus brazos,
tus miradas
o tus manos.

Oh, me guías.
Madre que tanto quiero,
tú me guías.

Oda al libro.

Libro,
tú nos meces con tus frases,
tus palabras, tus letras
y tus márgenes.

Libro,
tú eres el billete de ese tren
que sin mover nos lleva
al paraíso del Edén.

Libro,
tú nos enamoras con tus descripciones,
tus diálogos, tus risas
y tus enfados. 

Libro,
tú eres la llave de esa puerta
que a miles de países
y ciudades nos lleva.

Muerte.

Sonó un día el timbre
de la puerta,
y corriendo fuiste
llenándome de pena.
Sabía yo quién esperaba
al otro lado,
más decirte nada quiso
mi susurro ya cansado.
Lágrimas que a borbotones
caían,
cada año, cada mes
y cada día,
besándote se encontraban
mis labios arrepentidos
quitándote la vida. 

Más pensaré en ti
hasta el día de mi muerte,
pues será éste el precioso día
en que pueda volver a verte. 

Elegía a Ramón Sijé, MIGUEL HERNÁNDEZ.

Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.

Alimentando lluvias, caracolas
y órganos mi dolor sin instrumento,
a las desalentadas amapolas
daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado
que por doler me duele hasta el aliento.

Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.

No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.
Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.

En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes
sedienta de catástrofes y hambrienta.
Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.

Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.

Volverás a mi huerto y a mi higuera:
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera

de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.

Alegrarás la sombra de mis cejas,
y tu sangre se irá a cada lado
disputando tu novia y las abejas.

Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.

A las ladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.

Esperando.

A través de la ventana se podía ver como el sol se escondía tras los edificios. Eran ya las ocho de la tarde, faltaba poco para que anocheciera. Y Lucía todavía esperaba en el alféizar de la ventana, no quería darse por vencida.

Desde la ventana podía ver a la gente de su ciudad, tan atareada y preocupada. Ella se tomaba la vida con tranquilidad, así que no comprendía el por qué de esos constantes nervios. Había mujeres que llevaban a sus hijos en brazos, porque no tenían dinero para comprarles un carrito. Hombres con los pantalones rotos y la camiseta sucia. Ancianos que tosían debido a la contaminación del aire. En sus pueblos el aire era puro y fresco, al contrario que en la ciudad, donde la polución era el principal problema. También había niños, muchos niños. Unos altos, otros bajos. Gordos, delgados. No tenían problemas en su vida, eran completamente felices y no les importaba el dinero, sólo cuando querían comprar chucherías.

Pero por más que miraba entre la gente, Lucía no veía a su amado, y no sabría si llegaría algún día.

Unos cuantos días siguientes, recibió una triste noticia.

Al día siguiente, en el alféizar de la ventana, se encontraron a una muchacha joven, con la mirada perdida, los ojos casi en blanco. No respiraba, y en su cuello colgaba un collar con una inscripción: Lucía.

Rima IV, fragmento. BÉCQUER

Mientras se sienta que se ríe el alma, 
sin que los labios rían; 
mientras se llore, sin que el llanto acuda 
a nublar la pupila; 
mientras el corazón y la cabeza 
batallando prosigan, 
mientras haya esperanzas y recuerdos, 
¡habrá poesía!

Poema a una arquitecta.

Arquitecta eres
tanto de mis ojos
como de mis labios,
diseñaste mis piernas
así como la estructura de mis brazos.

Arquitecta eres
tanto de mi mente
como de mis actos,
educaste a este cerebro
hasta en los momentos más amargos.

Arquitecta eres
tanto de mi vida
como de mi muerte,
ya que lo que más temo
es el triste hecho de perderte.

viernes, 4 de octubre de 2013

Rima XXXVIII, BECQUER.

Los suspiros son aire y van al aire.
Las lágrimas son agua y van al mar.
Dime, mujer, cuando el amor se olvida,
¿sabes tú adónde va?

Es hielo abrasador, es fuego helado. FRANCISCO DE QUEVEDO.

Es hielo abrasador, es fuego helado,
es herida que duele y no se siente,
es un soñado bien, un mal presente,
es un breve descanso muy cansado.
Es un descuido que nos da cuidado,
un cobarde con nombre de valiente,
un andar solitario entre la gente,
un amar solamente ser amado.

Es una libertad encarcelada,
que dura hasta el postrero paroxismo;
enfermedad que crece si es curada.

Éste es el niño Amor, éste es su abismo.
¿Mirad cuál amistad tendrá con nada
el que en todo es contrario de sí mismo!

Adrenalina.

Damián conducía demasiado deprisa como para ir por la ciudad. Las lágrimas no le dejaban ver los semáforos, que se mostraban ante él como columnas de colores. Trató de secarse los ojos, pero seguía sin ver nada. Ese era uno de los muchos efectos del alcohol. No debió beber aquella botella de whisky.

Comenzaba a ver mejor, y aquellas luces se volvían más nítidas según Damián apretaba más y más el acelerador. El viento se metía por entre sus ropas, helándole hasta los huesos. ¿Pero qué mas daba? La vida había perdido todo su significado, si es que alguna vez lo había tenido. Ya no notaba ni sus propias manos, y las gotas de sudor se volvían hielo sobre su piel. Una sonrisa de felicidad se extendía por su rostro. No, ya no estaba ebrio, ya no era alcohol lo que corría por sus venas. Pequeñas dosis de adrenalina nadaban por su sangre, aumentando sus pulsaciones. El corazón se le iba a salir del pecho, pero eso no le importaba en absoluto a Damián, que poco a poco iba perdiendo el único ápice de cordura que le quedaba. Comenzó a reír, y sus ojos despedían una mirada siniestra y oscura que echaría a temblar al más valiente. Doscientos cincuenta, doscientos sesenta. Damián escupió por la ventanilla, una pequeña muestra de arrogancia y estupidez. Doscientos setenta, doscientos ochenta. Comenzaba a llover y el parabrisas estaba empapado. Doscientos noventa. El cuenta-kilómetros iba a estallar si Damián no reducía la velocidad.

En el último momento, pasó por la mente de Damián una sonrisa cálida, dulce. El único recuerdo que tenía de su madre. Damián sonrió también, suspirando su último adiós.

Y entonces el coche explotó.

Andaba yo por la calle.

Andaba yo por la calle,
cuando se cernió sobre mí
una sombra
más grande que esa nube
que tapa al sol
y se queda tan sola.

Andaba yo por la calle,
cuando se cernió sobre mí
una pena
más grande que esa muerte
que en las esquinas
me acecha.

Andaba yo por la calle,
cuando se cernió sobre mí
un recuerdo
más grande que ese jardín
donde ayer jugué
y hoy muero.

Andaba yo por la calle,
cuando se cernió sobre mí
un dolor
más grande que el mar,
triste porque
se ha quedado sin color.

Andaba yo por la calle,
cuando se cernió sobre mí
mi alma,
más grande que un río
que como mi mente,
sube y baja.