Damián conducía demasiado deprisa como para ir por la ciudad. Las lágrimas no le dejaban ver los semáforos, que se mostraban ante él como columnas de colores. Trató de secarse los ojos, pero seguía sin ver nada. Ese era uno de los muchos efectos del alcohol. No debió beber aquella botella de whisky.
Comenzaba a ver mejor, y aquellas luces se volvían más nítidas según Damián apretaba más y más el acelerador. El viento se metía por entre sus ropas, helándole hasta los huesos. ¿Pero qué mas daba? La vida había perdido todo su significado, si es que alguna vez lo había tenido. Ya no notaba ni sus propias manos, y las gotas de sudor se volvían hielo sobre su piel. Una sonrisa de felicidad se extendía por su rostro. No, ya no estaba ebrio, ya no era alcohol lo que corría por sus venas. Pequeñas dosis de adrenalina nadaban por su sangre, aumentando sus pulsaciones. El corazón se le iba a salir del pecho, pero eso no le importaba en absoluto a Damián, que poco a poco iba perdiendo el único ápice de cordura que le quedaba. Comenzó a reír, y sus ojos despedían una mirada siniestra y oscura que echaría a temblar al más valiente. Doscientos cincuenta, doscientos sesenta. Damián escupió por la ventanilla, una pequeña muestra de arrogancia y estupidez. Doscientos setenta, doscientos ochenta. Comenzaba a llover y el parabrisas estaba empapado. Doscientos noventa. El cuenta-kilómetros iba a estallar si Damián no reducía la velocidad.
En el último momento, pasó por la mente de Damián una sonrisa cálida, dulce. El único recuerdo que tenía de su madre. Damián sonrió también, suspirando su último adiós.
Y entonces el coche explotó.
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