Apagada, triste y sola
en un charco de recuerdos
así vivía la rosa.
Una fría noche de invierno
cayó a un mojado pozo
donde no encontró más alivio
que en la tranquilidad de tu torso.
Pero siguió cayendo
y no halló más ahogo
que en la dura profundidad
de ese oscuro hoyo.
Y cuando creyó tocar el suelo
las fauces de un salvaje lobo
se abrieron entreviendo
rugidos de amor y odio.
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